Lic. Débora Dzisiusz.
Psicóloga y Profesora de Nivel medio y Superior (UBA).
Profesora de Capacitación de Personal y Psicología Laboral y Profesora de Construcción del Discurso y Elementos de Psicología y Sociología en el Isel.
La incorporación de la inteligencia artificial y de los entornos digitales transformó prácticas cotidianas vinculadas con la educación, la salud mental, el trabajo y los vínculos sociales. Frente a estos cambios, aparecen nuevas oportunidades, pero también interrogantes relacionados con la dependencia tecnológica, el pensamiento crítico, la ética y el impacto de estas herramientas en las personas.
Posicionada en su rol de terapeuta y de docente de nivel superior ¿cuáles cree que son los retos que plantean los entornos digitales en el ámbito de la clínica, y de la educación superior, respectivamente?
En ambos ámbitos se plantean nuevos desafíos; sin embargo, sostengo que la inteligencia artificial, específicamente los chatbots, no sustituyen al terapeuta ni al docente. La realidad nos confronta con nuevos discursos y herramientas que los sujetos padecientes creen útiles para la resolución de conflictos. Se ha vuelto cotidiano escuchar en las primeras sesiones de terapia que acuden al uso de ChatGPT para que los oriente con la problemática y/o el malestar que los acecha. Está claro que esto no cubre —aún— la demanda del consultante, lo que resulta, por consecuencia, en la búsqueda de un profesional de la salud mental para mitigar ese padecimiento.
El riesgo aquí es pensar la infinitud de los algoritmos que se reproducen y retroalimentan constantemente a partir de los interrogantes que plantean los usuarios —sujetos reales—, intentando obtener respuestas mágicas a los síntomas y situaciones cotidianas que los desbordan. Esto crea de modo ficticio la posibilidad de un terapeuta inteligente a disposición inmediata de los emergentes del sujeto, quien obtiene, sin tiempo de moratoria, alternativas diversas para atravesar duelos, disminuir tensiones y reconocer síntomas que le permitan llegar a un diagnóstico. Se está gestando, sin saberlo, un monstruo que etiquetará a las personas y dará respuestas satisfactoriamente felices a modo de recetario; o, por el contrario, ofrecerá resultados crueles y sin supervisión profesional, estimulando la aparición de brotes psicóticos o paranoicos y, en el peor de los casos, produciendo una decodificación emocionalmente inadecuada que culmine en el suicidio.
En la educación superior sucede algo similar. Los estudiantes utilizan los chatbots en el cotidiano del aula, resuelven actividades y sintetizan textos. El procedimiento es el mismo: la IA se retroalimenta y perfecciona a través de los estímulos que ofrecen los usuarios mediante sus consultas e interrogantes. El problema aquí radica en que los sujetos desconocen el contenido de los textos por los que consultan y, a su vez, ignoran cómo generar interrogantes adecuados para que el chat amplíe la síntesis sin dejar fuera información relevante.
Los entornos digitales son parte del cotidiano tanto en la docencia como en la clínica. Permiten, a través de múltiples herramientas —plataformas, aulas virtuales, videoconferencias—, sostener espacios sincrónicos y asincrónicos que facilitan la comunicación y la situación de aprendizaje. El desafío más importante que estamos transicionando como profesionales de la salud y de la enseñanza es aprender a crear y gestionar recursos digitales que nos permitan, de modo creativo, comunicar y acompañar al sujeto actual en su proceso educativo y bienestar psicológico. Ello requiere capacitación sobre las nuevas herramientas digitales y entrenamiento en el uso adecuado de la IA. Teniendo conocimiento de los nuevos recursos tecnológicos, podremos funcionar como facilitadores para que los estudiantes se conviertan en usuarios responsables.
Se debate a diario sobre la dimensión ética del uso de la IA, encontramos voces que alertan sobre los potenciales problemas éticos y otras que aseguran que no hay razones de peso para considerar a los avances tecnológicos en general, y a la IA en particular, como peligrosos desde el punto de vista axiológico ¿Es posible encontrar un equilibrio entre esas dos posiciones? y en caso afirmativo ¿cuál sería ese punto de estabilidad?
He mencionado el peligro sobre el uso de la IA como herramienta que pretende sustituir al profesional de la salud y los riesgos que recaen sobre los usuarios de los chatbots. Algo similar sucede en el ámbito de la educación superior, dado que el uso irresponsable o no controlado impacta directamente sobre los estudiantes. El sujeto actual, específicamente los jóvenes que ingresan al nivel superior, configuran sus espacios cotidianos a través de la inmediatez. Es por ello que la IA es una herramienta en la que ilusoriamente encuentran soluciones y respuestas al instante, sin tiempo de moratoria.
Aquí cobra valor la dimensión ética en relación a los sujetos involucrados en los dispositivos de enseñanza y aprendizaje. Reflexionar sobre el uso de las nuevas tecnologías en el aula abre varios interrogantes entre los docentes como agentes transmisores del conocimiento; a su vez, genera incertidumbre sobre el uso adecuado de recursos tecnológicos e inteligentes que emergen constantemente y sustituyen, de modo veloz, a versiones que en un suspiro pasan a ser obsoletas.
Lo planteado no va al mismo ritmo de la educación. Los docentes estamos programados con un chip que pareciera no corresponderse del todo con las demandas actuales, los nuevos perfiles de estudiantes y los avances de la tecnología. Entendemos el aprendizaje como un proceso planificado en cuatrimestres —contenidos distribuidos en unidades curriculares, actividades para aplicar conceptos y prácticas para simular la realidad— para adquirir conocimientos de modo secuencial en un tiempo estipulado. El problema radica en que nuestros estudiantes son muy ansiosos y no tienen tiempo para procesos que, desde sus perspectivas, parecen eternos. La IA responde a la inmediatez y está a disposición para evitar leer libros o realizar de modo artesanal un cuadro sinóptico, un reel, etc. Así aparece el verdugo de todo docente: trabajos prácticos, parciales domiciliarios, proyectos de investigación y tesis en modo inteligencia artificial más plagio de autores.
Entiendo que no debemos resistirnos a estos cambios, sino comprender que estos recursos pueden ser buenas herramientas que nos permitan repensar el dispositivo del aula y tejer puentes entre los docentes y los estudiantes digitales. La clave está en la formación continua y en reducir la brecha entre las prácticas docentes naturalizadas y la introducción creativa de los nuevos recursos que provee el avance de la tecnología.
En una de las sesiones de la Convención de la APA 2026 se analizaron las implicancias de crecer en entornos digitales ¿considera que las implicaciones para el desarrollo psicológico del sujeto podrían ser por ejemplo una mayor plasticidad intelectual o, por el contrario, una menor plasticidad?
Empiezan a surgir advertencias sobre el uso excesivo de los dispositivos tecnológicos e inteligentes en todos los escenarios. En línea con lo que expresé anteriormente, entiendo que estos pueden ser herramientas que, con el acompañamiento adecuado y controlado, colaborarían con una mayor plasticidad intelectual. De lo contrario, el sujeto se volvería cognitivamente pobre y no tendría la posibilidad de contar con los recursos necesarios para ser un sujeto intelectualmente independiente y creativo en la resolución de problemas. Se quedaría atascado en los obstáculos emergentes de la vida cotidiana y generaría una dependencia patológica con la tecnología, al punto de no poder resolver absolutamente nada sin ella.
Las señales en el entorno educativo encienden la preocupación de los docentes y, a su vez, son una llamada de atención para los progenitores como adultos responsables en la administración y el control del uso de los dispositivos (celulares, tablets, computadoras, etc.).
En cuanto al ambiente laboral ¿es dable esperar que la tecnología mejore las condiciones en términos de disminución del estrés o que, en sentido contrario, al menos en esta etapa, agregue preocupación en los trabajadores?
Es de esperar que, a medida que los trabajadores se habitúen al uso de la tecnología, las condiciones de estrés disminuyan; sin embargo, en el presente esto genera preocupación. Aquí es importante mencionar la condición de la edad o franja etaria: cuanto mayor es el trabajador y el desconocimiento sobre el uso de las nuevas tecnologías, más prevalece el temor a ser reemplazado por un empleado joven que cuente con estas habilidades. De este modo, se acrecienta la incertidumbre y la tensión en el ambiente laboral. Algunos sujetos se resisten a aprender lo nuevo; prefieren quedarse con lo conocido y con modos de resolver que les generan seguridad y resolución inmediata frente al problema.
Se vuelve imperante capacitar a todo el personal en el uso de las nuevas tecnologías y herramientas digitales, tanto en la gestión como en el uso de soportes ergonómicos para reducir los riesgos y accidentes laborales, así como para recopilar datos que permitan prevenir enfermedades profesionales.
Es necesaria la formación continua, la revisión de protocolos y la disminución de factores de riesgo a través de la implementación de recursos inteligentes que fortalezcan la mitigación o erradicación de situaciones que ponen en peligro a los trabajadores. Ello promoverá, con el tiempo, la sensación de laborar en un espacio seguro, diluyendo el estrés que genera actualmente el uso emergente e irruptivo de las nuevas tecnologías.
Las instituciones educativas no escapan a las situaciones de violencia. El bullying es una problemática anterior a la IA, y habrá que indagar si se ha visto incrementada y en tal caso bajo qué condiciones ocurre ahora ¿cuál sería una medida institucional apropiada para advertir y prevenir las violencias en un ámbito donde la interacción saludable es clave para enseñar y aprender?
Como medida institucional, el “Protocolo de acción institucional para la prevención y erradicación de la violencia o discriminación de género u orientación sexual” (ISEL, 2024) es un recurso valioso para asistir estas problemáticas si se presentaran, aunque requiere revisión y actualización en función de los nuevos emergentes. El abordaje de la ESI con respecto a la temática es un excelente disparador para conocer a nuestros estudiantes y colaborar con la reflexión sobre ciertas prácticas que parecieran estar naturalizadas pero generan gran malestar.
A modo preventivo, es esencial incorporar en nuestras planificaciones actividades que vinculen estos temas con los contenidos de las asignaturas. A su vez, las prácticas docentes deben abrir el diálogo sobre estas problemáticas y acompañar a identificar estas acciones tanto en el ámbito educativo como en el laboral y cotidiano. De este modo, pondremos interrogantes a las acciones automatizadas y replicadas en las aplicaciones de los dispositivos celulares, y concientizaremos sobre el impacto que estas tienen sobre los sujetos sobre los cuales se ejerce el bullying. Nos disponemos a construir una comunicación colectiva —estudiantes y docentes— sobre la individual que acontece en las redes sociales.
Los sujetos creen virtuosamente que accionan en grupo a través de la viralización de comentarios violentos, pero en cada línea escrita el dispositivo camufla a un sujeto que descarga libremente toda la furia sobre otro, muchas veces desconocido. Lamentablemente, la ira, el enojo y la poca tolerancia al otro se manifiestan en el aula a través de acciones inocentes y/o disfrazadas en gestos que intentan pasar desapercibidos. Por ello, se hace indispensable asumir un rol activo frente a estas actitudes y hacer consciente, en el dispositivo del aula, este tipo de comportamientos que empobrecen el vínculo con los otros y las buenas prácticas saludables.